Viena, capital de Austria y de su propio Estado federado, es la capital y más importante centro económico y cultural de ese país. Viena es probablemente una de las ciudades más hermosas de Europa y, como comprobarán los que decidan viajar en agosto a ella, conserva buena parte del encanto de su época de mayor apogeo. Los habitantes de Viena son, además, cálidos y amables con los extranjeros, así que los turistas rápidamente se sentirán como en su propia casa.

Como muchas otras ciudades de Europa, Viena surgió como una población romana. Pasó por muchas manos, pero finalmente fue tomada por Carlomagno, que rebautizó toda la región de Austria como Ostmark. Los siglos que siguieron fueron turbulentos para Viena, pero la ciudad alcanzó definitivamente su mayor gloria durante la época del Imperio Austro-Húngaro, del que fue capital. Durante esos años, Viena fue una de las ciudades más cultas y opulentas de Europa.

La UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad el casco histórico de Viena, y lo cierto es que no es para menos. Destacan en él lujosos palacios como el de Schönbrunn o el Palacio Belvedere, pero también otros lugares como el Parlamento, la Ópera de Viena o el excelente Museo de Historia del Arte. Tampoco debería perderse nadie la flamante Karlskirche. A partir de ahí, Viena es un mundo de posibilidades para los que hayan decidido viajar en agosto: se puede descansar y tomar algo en los célebres cafés vieneses, los Kaffeehäuser, y a partir de ahí continuar el recorrido por una ciudad tan plagada de monumentos y lugares emblemáticos que parece congelada en el tiempo.

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